Brevisimo retrato con violin
November 29, 2007 – 12:17 pmHay un artista que hubiera podido retratar con autenticidad a nuestro personaje. Se trata de Marc Chagall, que pintó a su tío Neuch con el violín, subido al techo de su casa. Y llenó de vacas voladoras, velas, ramilletes de flores y enamorados en vuelo sus primeros cuadros, desafiando la ley de gravedad.
Sin embargo, tras la muerte de Bella, su mujer, Chagall pintó un “Autorretrato con reloj de pared” con el que parece querer tocar o detener el tiempo.
El personaje que intento retratar amaba su violín, era bastante virtuoso también en esta disciplina y a menudo se tomaba un recreo para tocarlo. Inclusive llegó a hacer una crítica al modo de enseñar la música en su época:
“Tomé lecciones de violín de los seis a los catorce años, pero no tuve suerte con mis maestros. Para ellos, la música se reducía a un juego mecánico. Comencé realmente a aprender música a los 13 años, sobre todo porque me enamoré de las sonatas de Mozart. En general, el amor es el mejor maestro en el sentido del deber” (”La subjetividad en el aula de clase“).
Mi retratado, parecido de algún modo a Chaplin (ver “Historia del cine“, punto 2.3 “Charles Chaplin”), de rostro tierno y rizos canosos en sus últimas fotografías, conmovió a los que tuvieron la suerte de conocerlo (ver “Recorrido histórico de la matemática en Argentina“, punto “Einstein: La visita de un genio”) y a los que no. Y nos sigue conmoviendo.
Es más que un genio de la ciencia.
Es un filósofo demasiado ingenuo para ser importante como filósofo.
Es un violinista que ha ensayado muy poco como para destacarse en un concierto.
Es además demasiado pícaro como para que tomemos muy en serio sus consejos sobre las cuestiones simples de la vida.
Pero es Albert Einstein, que está a la altura de los más grandes nombres de la historia de la ciencia, paralelo a Galileo Galilei y a Newton (los invito a leer “Físicos notables“).
Si alguien lo incluye en una monografía que lleva este título: “La Ley Natural y los principios básicos de nuestras actividades mentales lógicas y emotivas“, nos asombramos, porque lo habíamos colocado en la galería de quienes poco tienen que ver con cuestiones emocionales.
Si alguien recuerda su violín, nos sorprendemos, porque la música creíamos que no entraba en sus cálculos. Más bien se la dejaríamos, tratándose de violín, a un músico como Paganini, de quien se dicen cosas tan extremas como que no sabía música y que para tocar había hecho un pacto con el Diablo.
Pero en cuestiones religiosas… estamos casi seguros de que Einstein ni siquiera pensaba en ellas.
Y no es así. Pensaba, intuía, calculaba y se esforzaba en descubrir un rostro en sus gabinetes oscuros llenos de polvo de tiza. “Dios no juega a los dados con el universo”, afirmaba.
Mezclaba en la pizarra sus cálculos matemáticos para demostrarlo, y demostrar que el tiempo es la cuarta dimension junto con la afirmación precedente. Por eso, pensaba hallar a Dios en una ecuación muy precisa y nunca en el azar de una intuición.
Como todos los descubridores -en ciencia y en otras disciplinas- era un intuitivo, mal que le pesara (ver “La Intuínica: cómo desarrollar su sexto sentido“).
Dios
Ya mencioné la frase célebre más célebre de Einstein, pero la repito porque quiero contrastarla con otra, de otro “célebre”:
“Dios no juega a los dados con el universo”.
Solía usarla para responderles a los primeros propulsores de la teoría de “los quantos”, aunque creo que la teoría de la relatividad y la de la mecánica cuántica han llegado a un acuerdo y hasta se unieron en algunas reflexiones de físicos de renombre. Quien tenga interés en el tema, (y algún conocimiento previo) puede recurrir al trabajo “Extractos de ‘Pasos filosóficos hacia la unificación de la física’“, enviado por Rafael Aparicio Sánchez.
El contraste
Me asombra a quién encontré para estas alquimias que me gustan tanto: comparar sustancias en mi laboratorio de escritura.
Se trata de Stephane Mallarmé, un poeta tan singular que no es famoso por la grandeza de sus poemas sino por la grandeza de sus búsquedas.
Era un francés aristocratizante pero muy pobre, enseñaba inglés y buscaba el poema verdadero hasta llegar al silencio.
Opinaba que todas las cosas existen “para llegar a un libro”, pero además quería que sus discípulos y sus futuros lectores, al menos los futuros, apreciaran la belleza de la página en blanco, donde el poema, según él, ya está escrito.
Fue, creo, y lo mencioné de este modo en otra nota, “el inventor de los silencios”.
La frase de Mallarmé que intuyo se opone firmemente a la de Einstein es: “Ningún golpe de dados anulará el azar”, que fue su leit motiv.
Envío
Aunque el mío no pueda ser tan alto y noble, con ese silencio que “inventó” Mallarmé quiero agradecerles cálidamente a cada uno de mis colaboradores-comentaristas.
¡”Quantos” abrazos les envío, aun cuando “relativos”!
Mora Torres
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