Indiana Jones, adorable ladron
January 24, 2008 – 5:57 amLos niños estudiosos suelen preguntarse por qué Tutankamón reposa en el Louvre.
Se preguntan además por qué se pueden contemplar cientos de frisos, como los que sobreviven del Partenón (”Los griegos y los romanos“), en museos ingleses.
Y tal vez no saben que hay otros “griales” (”Literatura y Alquimia“) a los que ni siquiera peregrinando por el mundo es posible acceder.
Los coleccionistas privados que juntan huellas precolombinas o egipcias o griegas o árabes (”Las siete maravillas del mundo“), y aun “souvenirs” prehistóricos (”Historia, edades de la prehistoria“), se cuentan por miles.
Mil no es un número demasiado alto considerando la cantidad de habitantes del planeta.
Pero lo cierto es que, en este tema, el porcentaje debería acercarse a cero.
¿Quién cuida nuestra herencia, quién manda que la cuiden y la alejen de nuestros ojos y de los sitios donde fue hallada?
El pasado y el arte nos pertenecen, y de ellos deberíamos aprender (”Historia, espejo del pasado y brújula del futuro“).
¿Pero cómo aprender (”Sistema cruzado: una buena opción para enseñar a aprender“) de lo invisible (”Lo esencial es invisible a los ojos“), de lo desconocido, o lo robado?
Huaqueros
En “Indiana Jones y la aventura” su autor, el escritor y profesor Fernando Jorge Soto Roland, explica muchas de estas cuestiones.
Por él sabemos que la de “huaquero” (”Vasijas y ladrones“) -es decir, saqueador de tumbas- comparte con la prostitución el puesto de profesión más antigua de la historia (”Prostitución“).
Aprendemos en ese ensayo que comparte otras cosas el saqueador de tumbas con la prostituta; la transgresión a las leyes y a la moral y los peligros físicos:
“Tanto en una como en otra, los castigos judiciales, la culpa y los riesgos de salir herido físicamente son un hecho. Aun así, los ladrones de tumbas y las prostitutas han conseguido vencer las trabas temporales, adaptándose a cada época y autojustificándose con argumentos que, ciertas veces, pueden sonar lógicos”, afirma el profesor Soto Roland.
Guiños
Los saqueadores de tumbas, los saqueadores del pasado, alimentan entonces a los museos (”Museología y museo“) y a las colecciones privadas.
Hay un “guiño” entre huaqueros, intermediarios y millonarios o países del primer mundo ávidos.
En general se pertenece al sitio en donde se trabaja: los huaqueros no son la excepción, conocen palmo a palmo su terreno, la ubicación de los tesoros, la fuente que nutre a esta singular industria.
Se ocupan casi todos de las labores de campo y hacienda, y los hallazgos los venden al precio de un recuerdo de viaje.
Casi la mayoría ignora o hace como que ignora el valor de su mercancía, lo que le permite seguir trabajando durante toda la vida -y tener entradas durante toda la vida- con los intermediarios.
Los huaqueros encuantran a veces fragmentos invaluables de ciudades extinguidas hace mucho, y los reservan para mejores transacciones, o para asegurar el futuro de sus hijos.
No son ellos precisamente los que “pecan” imperdonablemente.
Indiana Jones y otros “intermediarios”
Según nuestro autor, respecto de Indiana Jones:
“Si nos atenemos a las películas y a la literatura de aventura que lo tienen de protagonista, lo cierto es que nos llevaríamos una idea muy equivocada de lo que es la arqueología como disciplina científica, puesto que Indy más parece un saqueador o ladrón de tumbas y sitios arqueológicos que un profesional de la ciencia a la que dice pertenecer”.
En realidad, “Indy” es una cruza de huaquero, explorador y arquélogo, pero ésa es la fantasía que nos hace atractiva la película.
Lo que existe es una cadena de intereses que relaciona a museos y coleccionistas privados (nada privados de dinero) y otros “conocedores” y huaqueros.
Los intermediarios serían, en buen romance, los verdaderos “traficantes”.
Trafican utensilios, momias, alfarería, y han aprendido su oficio como nadie.
Los huaqueros están sujetos a sus engañosas ofertas; los coleccionistas, a sus exorbitantes precios (precios de lo que no lo tiene).
Pero existen, es claro, gracias a los coleccionistas, particulares o estatales.
Los principios del siglo XX estuvieron ornados de leyendas y anécdotas reales de entuertos y venganzas entre descubridores y descubiertos: Egipto es sólo un ejemplo sobresaliente.
Sobresalientes fueron, además, las fábulas que se crearon al respecto.
Pero, ¿a quién le pertenece el pasado?
Otra cita del trabajo de Soto Roland:
“¿A quién le pertenece el pasado?
“Según Indiana Jones, a los museos.
“Pero, ¿a qué museos?
“Aquí la controversia abarca tres opiniones bien diferentes (…):
“Primero está el punto de vista del coleccionista, que se ve a sí mismo como un salvador de antigüedades (…)
“Después está la opinión de los curadores de los grandes museos, que llegan a justificar cualquier medio dudoso de adquisición con tal de enriquecer ‘la sensibilidad de su pueblo’ (…)
“Finalmente está la actitud de aquellos que consideran que los monumentos antiguos (y los tiestos de alguna manera lo son) constituyen parte indisoluble del patrimonio macional de donde se encuentran.”
Si sumamos a estas opiniones una nota al pie de página de las mismas que reza: “Una regla de oro de la arqueología dice que ‘lo importante no es el objeto, sino el contexto’”, tal vez podemos considerar que el propio autor nos ofrece con este agregado una respuesta.
El tesoro nuestro de cada día
En otro lugar de su trabajo Soto Roland afirma que la rutina y el miedo son los enemigos de todo espíritu de exploración. Que debemos comprender que “el peligro a perderlo todo” nos acompaña constantemente en nuestra vida, no sólo en las grandes aventuras sino en lo cotidiano.
Estoy de acuerdo con esto (en realidad, estoy de acuerdo con toda la monografia).
Sin necesidad de robar tumbas o de internarnos en exóticas selvas, buscar el grial nuestro de cada día, diferente para cada uno de nosotros, también implica dejar atrás el miedo y la rutina. O las mismas molestias, que suelen tener diversos otros nombres.
Mora Torres
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