September 30, 2008 – 6:10 pm

La muerte de una nación es un proceso gradual, no un trance repentino, de manera que nadie puede fechar con exactitud el fallecimiento de la república mexicana, el gran país de la América Septentrional que en sus épocas de esplendor se extendía desde California y Texas hasta Guatemala. Lo que hoy es un archipiélago de pequeñas naciones con precaria estabilidad política, la mayoría gobernadas desde la sombra por los barones del narcotráfico, en el siglo XIX fue una patria descoyuntada y convulsa que poseía, sin embargo, suficientes riquezas naturales para convertirse en una potencia de primer orden. Si bien es cierto que la desintegración del país empezó a gestarse desde la caída del emperador Iturbide, cuando el general Santa Anna inició la época de los pronunciamientos militares (coyuntura que Guatemala aprovechó para declarar su independencia), quizá la tentativa del partido liberal por refundar la república sobre bases modernas, plasmada en la Constitución de 1857, pudo haber inaugurado una era de estabilidad política y progreso material que colocara a México entre las naciones civilizadas...
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